En el mes de septiembre, celebramos el inicio y la culminación del movimiento por la Independencia de México; efemérides de suma importancia en nuestra historia, que ha permeado en el arte desde hace más de dos siglos. En esta ocasión, la pieza del mes conmemora la fiesta nacional con una investigación especial del Mexican Cultural Centre (MCC), alusiva al significado y mensaje masónico, en los símbolos y composiciones que podemos encontrar en diversas obras de arte mexicano.
Obra anónima donde el autor refleja de manera alegórica en una columna el camino por la tradición hermética para alcanzar los objetivos socio-culturales de la libertad y la igualdad, por medio de las luchas que abrirán la cerradura que contiene la cristalización de sus esfuerzos.
Representa en su conjunto un homenaje a los héroes de pensamiento liberal caídos en las luchas fratricidas, cuya acción trazaron el destino nacional. Trascendiendo con ello al ideario colectivo y al panteón de los héroes mexicanos.
Momentos y etapas que consolidan innegablemente la prevalencia de la nación y con justa razón actores importantes de la historia nacional.
Antonio Galván García y Eduardo Estala Rojas
Simbolismo masónico
La pieza reúne una sucesión de emblemas que construyen, en conjunto, un discurso de carácter iniciático, histórico y alegórico. Las figuras aparecen distribuidas como partes de un recorrido simbólico en el que se entrelazan la tradición hermética, la lucha emancipadora, la transformación de la materia y la aspiración hacia un orden espiritual superior.
La cerradura introduce la idea de acceso a un conocimiento reservado. Se concibe como el mecanismo destinado a recibir las llaves herméticas en posesión del maestro masón y, por ello, como analogía del lenguaje universal visible dentro de la Orden. Junto a ella aparece el sello insurgente, relacionado con la lucha filosófica e ideológica de individuos iniciados en la primera logia masónica establecida en la casa del regidor Cuevas Luyando, en la calle de Las Ratas, quienes aparecen vinculados con la orden secreta de Los Guadalupes y con el proceso que conduciría al Congreso de Chilpancingo, emanado de la Junta de Zitácuaro.
Las aves ibis u ocas aportan una dimensión celeste y hermética. Se presentan como representaciones simbólicas de la Luna o de Mercurio entre egipcios y griegos y, al igual que el Ave Fénix, se relacionan con la inmortalidad. Su disposición dual expresa la palabra secreta que conduce al iniciado hacia la conciencia y la reflexión. Próximo a ellas, el huevo orífico simboliza el principio de la putrefacción, entendido como el estado último de la materia que antecede a una nueva existencia. De él habrá de brotar el fruto de la regeneración, concebido como una unidad dual trínica sobre la que descansa la máxima de que la muerte constituye un puente hacia la vida.
El pavo real o Ave Fénix incorpora la idea de una belleza efímera y, desde la mitología celta, una representación del Sol. Entre los romanos se le hace equivaler a Hera como símbolo de la belleza. El halcón refuerza esta dimensión solar mediante su asociación con la tradición egipcia y con el ojo de Ra u Horus que todo lo ve, además de vincularse con el elemento aire.
A estos elementos se suma el nopal, presentado como árbol de la vida y como mito fundacional de la mexicanidad. El Sol y las estrellas funcionan como símbolos universales de la divinidad, mientras que los perros, animales del viejo mundo, representan la lealtad y, al mismo tiempo, la confrontación presente en la visión de lo ideal y en la enseñanza hermética de la muerte.
La urna adquiere la forma simbólica de un horno alquímico y alude a la gran transmutación sociocultural a la que está llamada la mexicanidad. Esta idea de transformación encuentra continuidad en la corona de laureles, emblema del triunfo y de la trascendencia, recompensa después de la prueba de la vida y representación de la inmortalidad y la gloria. Dentro de la masonería, la corona expresa además la paz y la unión.
Finalmente, el águila ascendente cierra la composición como una alegoría solar y como símbolo de movilidad social y espiritual. Su movimiento hacia lo alto representa también, de manera mítica, el derramamiento de la savia terrestre destinada a formar una raza trascendente. En conjunto, la pieza articula un recorrido que va de la cerradura y el conocimiento reservado a la regeneración, el triunfo y la elevación, integrando referencias herméticas, masónicas, solares y nacionales en una misma construcción simbólica.




