En el mes de septiembre, celebramos el inicio y la culminación del movimiento por la Independencia de México; efemérides de suma importancia en nuestra historia, que ha permeado en el arte desde hace más de dos siglos. En esta ocasión, la pieza del mes conmemora la fiesta nacional con una investigación especial del Mexican Cultural Centre (MCC), alusiva al significado y mensaje masónico, en los símbolos y composiciones que podemos encontrar en diversas obras de arte mexicano.
Pieza de un probable monumento funerario o conformador del altar de los perfumes con simbolismo masónico, que en logia este último se encuentra dispuesto al Occidente.
Antonio Galván García y Eduardo Estala Rojas
Simbología masónica
La pieza presenta una composición simbólica de marcada verticalidad, organizada a partir de formas geométricas, elementos luminosos y referencias de carácter iniciático. En su estructura destaca el triángulo, asociado en la tradición masónica con la divinidad, la armonía y la proporción. Su presencia establece un eje superior y espiritual dentro del conjunto.
A esta forma se integra la pirámide, cuya base remite a la Tierra, al mundo material y al cuaternario que sustenta a la naturaleza. Su perfil ascendente conduce visualmente la mirada hacia lo alto y funciona como imagen de elevación espiritual. La combinación de su base terrestre y su vértice superior sugiere, además, un punto de encuentro entre dos ámbitos: el visible y el invisible.
Alrededor de los elementos centrales se despliega una irradiación semejante a una corona de luz o resplandor. Este recurso envuelve la composición en una apariencia luminosa y representa la gloria producida por el encuentro continuo entre la verdad y la razón suprema a lo largo del camino iniciático.
En el centro de esta zona luminosa aparece el ojo inscrito en el delta, uno de los motivos de mayor fuerza visual de la pieza. Se trata del ojo que todo lo ve, representación de la conciencia divina y de una presencia que penetra y contempla la totalidad. Junto a él, la presencia del ojo izquierdo introduce una referencia distinta, vinculada simbólicamente con la Luna, la pasividad y el pasado.
En la parte inferior de la composición se encuentra la piedra cúbica, de apariencia firme y estable, sobre la que se articula nuevamente el principio ascensional de la pirámide. Esta unión de volúmenes reúne simbólicamente la materia y el espíritu: el cubo representa la Tierra y el cuaternario elemental, mientras que la forma piramidal expresa el impulso de elevación y transformación.
La pieza incorpora asimismo una sucesión de semicírculos concéntricos que generan una sensación de profundidad y orden. Estas formas aluden a los distintos grados o niveles del ser humano, al ejercicio de las jerarquías y a los límites dentro de los cuales se desarrolla la existencia, tanto en el ámbito social como en el espiritual.
Finalmente, una oquedad introduce en la composición la imagen simbólica de la caverna. Este espacio vacío, oscuro y contenido contrasta con la irradiación de las zonas superiores y representa el lugar de transformación del neófito. La caverna funciona así como escenario de tránsito, recogimiento y renovación, una alegoría que acompaña los distintos grados de la experiencia iniciática masónica.
En conjunto, la pieza articula un recorrido visual que parte de la materia y la profundidad para dirigirse hacia la luz y la elevación. Sus formas geométricas, cavidades, círculos y elementos radiantes construyen una imagen en la que se relacionan la Tierra y lo espiritual, la oscuridad y la iluminación, el pasado y la transformación.




